SOLILOQUIO por Agustín García Calvo
Michael Mazzone

LX
Cuántas veces por esta escalera he subido
pensando en encontrarte
a la puerta del cuarto en la sombra tardía
que estabas esperándome
y que «Hola» decías «Ya ves, he venido.
¿Qué tal vas? Buenas tardes»
o al menos clavada en la puerta una hoja
«He estado aquí. ¿Qué haces?
Te espero a las nueve en el bar de la esquina.
Abrazos. No me faltes»,
y hasta abría con tiento la puerta, si acaso
por bajo lo dejaste
tu recado; y al dar todavía la luz
¿habré de confesarte
que he mirado mil veces nacer de las sombras
aquel baúl, el catre
dormido, el perchero vacío, el espejo
que a mí me ve mirarme?;
y eso que era imposible, que ¿cómo podías
haber entrado? Aunque
puede ser que tú sepas vencer las paredes
y obstáculos legales.
Pero el caso es que no, nada nunca ha pasado,
si no lo que se sabe
que jamás podrá ser lo que en vano se espera
que inesperado pase;
nada había jamás, nada dentro ni fuera.
Oh nada, que era nadie.
Y si acaso venía alguno y dejaba
algún recado alguien,
ese nunca eras tú, era otro cualquiera
que no eras tú, que casi
se le odiaba de haberme fingido llenarlo
vacío de tu carne;
y si uno un momento se te parecía
(un poco: no te enfades),
peor era, peor: que tu sombra temblaba
herida allí en el aire,
para al fin resultar que tampoco eras tú,
sino equívoco frágil:
¿cómo iba a ser tú, si era otro, y tú eres
tú solo, y sólo cabe
decir que eres tú, que tú eres... no, nada:
¿qué nombre voy a darte?
Sólo sé que no eras ni ése ni el otro,
que no eres nunca nadie.
Pero dime quién eres. Acaso si un día
aquí te presentases,
¿te reconocería? ¿Sabría que eras
tú? Tanto que tardaste,
casi ya me he olvidado cómo eras de alto,
cómo tus ojos, cuáles
de tu mano los vuelos hablando, tus pechos
si chicos o si grandes,
si tu voz suena ronca o si clara, tus labios
abiertos como saben,
sino sólo que saben a ti. Pero tú
¿quién eres? Sé que antes
lo sabía, que alguna vez supe quién eras,
que hasta he sabido hablarte
por tu nombre y decirte «Mi prenda, tesoro,
mi rey, mis capitales»;
pero ya de tal modo la niebla me borra
las redes de las calles
que hasta aquél mi saber de quién eras ahora
a sueño vano sabe;
y tan sólo me queda el pobre y el claro
saber de quién y cuáles
no son tú y tú no eres, saber transparente
como un espejo al que
el que había detrás le ha raído el azogue
por ver al de delante,
y tan limpio quedó que se duda si queda
cristal o sólo el aire
dividiéndolo al uno del otro, de modo
que no haya ambigüedades
y que no confundamos a éste con ése.
Y estoy casi en un trance
como aquel de aquel niño, que bien lo recuerdo:
¡si no lo recordase!:
doce años tenía, ya iba por poco
más alto que su padre;
se quedaba en su cuarto de pronto callando
allá al mediar la tarde;
se quedaba pensando «No sé qué me pasa,
como un deseo grande
de una cosa que falta, y no sé de qué cosa
deseo». En los vitrales
se agriaba el día, sonaba en la sala
el péndulo; y dudándose,
él salía al pasillo, diciéndose «Sed.
Un vaso de agua grande»;
y del grifo llenaba un vaso de agua
más clara que una frase
de su libro de Lógica, y se la bebía,
agua que no se sabe
si la sed le quitó, si era sed o si era...
¿cómo querrá llamarse?
Pues así yo ahora no sé ni tu nombre,
tu cara ni tu talle,
sino sólo al venir y sentir tu vacío
el corazón llenarme,
que me digo «Es amor, el amor que» me digo
«ha entrado a visitarme,
el amor de ti solo, el amor de ti mismo»;
pero es hablar de balde:
yo ¿qué sé lo que quieren decir las palabras,
prosodias y sintaxis,
y ese amor que quizá sólo es una falta
de amor que se me abre
en la quiebra y mitad de la esencia de mí?
Porque además, ¿quién sabe
lo que quiere decir ese nombre, 'Tú', 'Tú',
que a todos se reparte,
a fin de que nadie lo tenga por suyo
y tú no seas nadie?
Pues el mismo que Tú se llamaba lo vemos
llamarse Yo al instante;
conque al fin, yo soy tú, eres yo. O mejor,
a ti he de preguntarte:
«¿Es que yo eres tú? ¿Es que tú soy yo?»;
di tú, espejito, «¿Hay alguien
más hermoso en el mundo? ¿Hay otro en el mundo?»;
responde, no te calles;
¿o tendré que venir de mí mismo yo solo
al fin a enamorarme?
Mírame, al fin y al cabo, no soy ni tan feo,
más bien gentil y amable;
no se vive conmigo tan mal: he juntado
en mi baúl bastantes
provisiones de nueces, de vino y de libros,
para pasar las tardes
en la cama tumbados, por la claraboya
viendo el cielo apagarse.
¿No querrás compartir lo que tengo? ¿No puede
ni dársele algo a alguien?
Pero es noche caída; el espejo se borra
y no responde nadie.
Por lo menos ¿me oyes? ¿Sonríe tu sombra
en el desierto aire?
Puede ser que tú seas no más teoría
para intelectuales;
pero aquí estoy yo solo en mi cuarto, y tu falta
¡cómo es real y grande!
Soliloquio de Agustín García Calvo.
Del libro Canciones y soliloquios, Lucina, 1993.
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