REVELACIÓN DE LA POESÍA por Philippe Jaccottet

REVELACIÓN DE LA POESÍA por Philippe Jaccottet
Fotografía: Ian Sane. Wikimedia Commons

Desde 1941, 1942, en plena guerra […], (llega) el descubrimiento confuso de Rimbaud, de Rilke, de Claudel -y de Esquilo vía Claudel-; más cerca de mí, de Ramuz […], y aun mejor: de ese poeta solitario y discreto, Gustave Roud, que se convierte para mí en un amigo tutelar y me revela, a los diecisiete años, a Hölderlin. Pero la mayor revelación que me deparan entonces todas estas lecturas es ésta: que todo aquello que, de la vida, comienza a volverse esencial para mí, todo lo que comienza a alcanzarme en los más profundo, no hay lenguaje que lo traduzca con más exactitud que el de la poesía. […]

Desde entonces, y durante toda una vida, todo sucederá como si cada instante de esta vida en que se haya vivido realmente, en que todo nuestro ser haya sido implicado, estremecido, alimentado, debiera, quiérase o no, fijarse y metamorfosearse en palabras; palabras gracias a las cuales, a veces, esta intensidad de vida podría ser preservada, prolongada; podría, también, proyectarse al exterior y, tal vez, con un poco de fortuna, contribuir a mantenernos en ese estado en que la “verdadera vida” sigue siendo posible, mantenernos abiertos, permeables al mundo, […]

Así, poemas y prosas habrán florecido casi espontáneamente, y como necesariamente, en el curso de toda una vida, adaptándose a sus meandros; muy rara vez, como la emanación feliz, ligera y fresca, de sus momentos más puros, y con más frecuencia como la expresión defectuosa, confusa y dura de los momentos en que la duda, la tristeza o la angustia prevalecían. […]

“Los poemas son como pequeñas linternas en que arde aún el reflejo de otra luz”. (Nota de marzo de 1978, en La Semaison.) 

Si, a pesar de todo, he querido algo, en esta vida, en este trabajo, ha sido hacer las menos trampas posibles; no ceder ni a las tentaciones de la elocuencia, ni a las seducciones del sueño, ni a los encantos del ornamento; como tampoco a las simplificaciones autoritarias del intelecto o a los falsos prestigios de los ocultismos de todo tipo. Intentar permanecer siempre lo más cerca posible de lo que se experimenta, como si hubiera, decididamente, giros, ritmos, palabras más “verdaderas” que otras; como si hubiera, a pesar de todo, una suerte de “verdad” que no sé bien qué sentido, en nosotros, detectaría igual de bien que la mentira. Y por existir esta suerte de verdad, ¿no se desprende para nosotros necesariamente una suerte de esperanza?

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Fragmento del Prefacio del libro “Antología personal” de Philippe Jaccottet. Traducción y epílogo de Rafael-José Díaz. Ediciones Igitur, 2002. 

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