CONFUCIO Y LAO-TSE

Confucio fue a visitar a Lao-tse y le habló de la caridad y de la justicia. Lao-tse le interrumpe: «Al que aventando el grano se le ha metido algo de paja en el ojo, todo lo ve trastocado; el que es molestado por una nube de mosquitos no puede dormir toda la noche. Eso me pasa a mí al oírte hablar de la caridad y de la justicia; me siento tremendamente molido y aturdido. Haga, mi Maestro, que el mundo no pierda su primitivo ser natural. Pliéguese, mi Maestro, cuando sopla el viento y levántese cuando tenga fuerza. ¿A qué viene ese llamar la atención y perseguir al hijo que huye, llamándole al son del tambor? La garza no necesita bañarse cada día para conservar su blancura, ni el cuervo pintarse para ser negro; la blancura y la negrura naturales no se pueden lograr alterándolos con adobos; la fama y el prestigio no se consiguen a fuerza de publicidad. Los peces, que han quedado sin agua en tierra, se alientan y se echan mutuamente su saliva para no secarse; más les hubiera valido no haber abandonado las honduras del río o del lago».
Confucio volvió a su casa aturdido. Tres días no dijo palabra. Sus discípulos le preguntaron: «¿Maestro, qué enseñanza han sacado de la visita a Lao-tse? Vi al dragón, oí hablar al dragón; le vi subir en las nubes y alimentarse del Yin y del Yang [luz y oscuridad]».
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De Chuang-Tzu, citado en el libro «Tao Te Ching» de Lao-tse, traducción y análisis de Carmelo Elorduy. Editorial Tecnos, Madrid, 2017.



