CÓMO ESCRIBO por Gabriela Mistral
(…) Me siento como un viejo cuerno lleno de estas voces ajenas; me siento como una verdadera vaina de hablas reunidas y apenas tengo en este momento esa cosa fea que se llama el acento individual, la voz que lleva un nombre solo.
Ahora voy a obedecer a nuestro Ministro y a nuestro director de Educación, contando cómo escribo si es que yo sé alguna cosa clara y efectiva sobre cómo escribo. El tema que me dieron fue esto: ¿cómo hace usted sus versos? Y me ha hecho acordar de una preciosa parábola de Pedro Prado, el chileno. Pedro Prado cuenta que una vez una señora entró a un jardín y le pidió una rosa al jardinero con esa tremenda superficialidad que tenemos las mujeres, una rosa. Pero el jardinero era un varón muy profundo, era un viejo jardinero, muy vivido, y el jardinero le contesta: «Yo le doy a usted la rosa, la que quiera, siempre que la corte donde ella comienza.» Entonces la señora se va derecha a cortar allá a medio tallo por ahí. Y le dice el jardinero: «No, la rosa no comienza ahí. ¿Usted cree que la rosa va a comenzar casi en el pedúnculo?» «¡Ah!», dice la señora. Y entonces va con la tijera más abajo. «Ah, no -le dice- que usted se equivoca. ¿Usted cree que ahí comienza esa cosa florida que hay arriba? ¿Y con qué savia se alimentaría?» «Ah, dice la señora y va a cortar sobre el suelo.» «Ah, no -le dice el jardinero- ¿usted cree que es ahí precisamente donde eso comienza? ¿Y la raíz?» «Ah -dice ella- entonces la voy a arrancar.» Y le dice el jardinero: «¿Y usted cree que comienza en las raíces? ¿Y de dónde le vendría todo lo que tiene?» La señora se queda muy perpleja y no la cortó. El poema tampoco sabemos dónde comienza. ¿Comienza en el momento en que se hace? ¡Ah, no! Comienza en el momento en que nos cae esa especie de puntada, de la emoción, esa lanzada de la emoción. Porque cuando la lanzada nos trabaja ya venía de tan tarde el hacerse la carne tierna para la lanzada. Habría que remontar a todo lo que nos ha ido trabajando el corazón para esa calidad de la carne que le damos a la cuchillada, es decir, habría que comenzar en la infancia donde todo comienza; pero cuando nacemos ya traemos tanto capital viejo y deuda grande. Habría que comenzar con toda la muchedumbre de nuestros antepasados. ¡Menudo trabajo contar con lo que hacen los versos! Grandes curiosos que nos escucháis, las mujeres no escribimos solemnemente como Buffon que se ponía para el trance su chaqueta de mangas con encajes y se sentaba con la mayor solemnidad del mundo a su mesa de caoba. Los hombres posiblemente sean tanto o más vanidosos que las mujeres.
Yo escribo sobre mis rodillas, en una tablita con que viajo siempre, y la mesa escritorio nunca me sirvió para nada, ni en Chile ni en París ni en Lisboa. Escribo de mañana o de noche y la tarde no ha dado nunca inspiración sin que yo entienda la causa de su esterilidad o de su mala gana respecto de mí. Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado, ni en cuarto cuya ventana diese a un horrible muro de casa urbana. Siempre me afirmo en un pedazo de cielo que Chile me dio azul y que Europa me da borroneado. Mejor se ponen mis humores si yo afirmo mis ojos viejos en una masa de árboles tiernos. Mientras yo fui criatura estable, en mi raza y mi país escribí lo que venía o tenía muy inmediato. Escribí como quien dice sobre la carne caliente del tema. Desde que soy criatura vagabunda, desterrada voluntaria, parece que no escriba sino en el medio de un vaho de fantasmas. Todo el mundo: el aire, el cielo y la tierra se me han vuelto pura saudade. La tierra de América y la gente mía viva o muerta, se me han vuelto un cortejo melancólico pero muy fiel, que más que envolverme me joda y me oprime y rara vez me deja ver realmente el paisaje y la gente extranjera. Escribo sin prisa, generalmente, y otras veces con una rapidez vertical de rodado de piedras en la cordillera. Me irrita en todo caso detenerme y tengo siempre al lado cuatro o seis lápices con punta porque soy bastante perezosa y tengo el hábito regalón de que me den todo hecho excepto los versos. En el tiempo en que yo me peleaba con la lengua exigiéndole una tremenda intensidad, me solía oír a mí misma mientras escribía un crujido de dientes muy colérico, el rechinar de la lija sobre el filo domo del idioma. Ahora ya no me peleo con las palabras sino con otra cosa. He cobrado el disgusto y el desapego de mis poesías cuyo tono no es el mío por ser demasiado enfático. No me excuso sino aquellos poemas donde reconozco mi lengua hablada, eso que llamaba don Miguel, el vasco, la lengua conversacional. Corrijo bastante más que lo que la gente puede creer leyendo unos versos que aún así se me quedan bárbaros. Salí de un laberinto de cerros y algo de ese nudo sin desatadura posible queda en lo que hago, sea verso, sea prosa.
Escribir me suele alegrar. Siempre me suaviza el ánimo y me regala un día ingenuo, tierno e infantil; ando trayendo la sensación de haber estado por unas horas en mi patria real. Es mi costumbre en mi suelto antojo, en mi libertad total, esos días en que hago alguna poesía buena o mala, mi ánimo es el de quien estuviera casado con una muchedumbre de criaturas, casada con el mundo. Me gusta escribir en cuarto pulcro aunque soy persona harto desordenada. El orden parece regalarme espacio y este apetito de espacio lo tiene mi vista y mi alma. En algunas ocasiones he escrito siguiendo un ritmo recogido en un carro que iba por la calle lado a lado conmigo. O siguiendo los ruidos de la naturaleza, que de más en más se me funden en una especie de canción de cuna. Pinares, marejada, ruido de álamo, todo eso al llegar a mi oreja viene solamente, viene en un ritmo de canción de cuna. Por otra parte tengo todavía la poesía anecdótica, que tanto desprecian los poetas mozos. La poesía me conforta los sentidos y eso que llaman el alma, pero la poesía ajena mucho más que la propia. Ambas me hacen correr mejor la sangre, me defienden la infantilidad del carácter, me aniñan y me dan una especie de asepsia respecto del mundo. La poesía es en mí sencillamente un rezago, un sedimento de la infancia sumergida. Aunque resulte amarga y dura, la poesía que hago me lava de los polvos del mundo y hasta de no sé qué vileza esencial parecida a lo que llamamos el pecado original que llevo conmigo y que llevo con aflicción. Tal vez no el pecado original, no sé, sino nuestra caída en la expresión racional y antirrítmica a la cual bajó el género humano castigado, y que más nos duele a las mujeres por el gozo que perdimos en la gracia de una lengua de intención y de música que iba a ser la lengua del género humano.
Fragmento de una conferencia realizada por Gabriela Mistral el 27 de enero de 1938 en el Instituto Alfredo Vásquez Acevedo de Montevideo, Uruguay.
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