CANTO PARA UN EQUINOCCIO por Saint-John Perse
Anoche hubo truenos, y sobre la tierra de las tumbas yo escuché retumbar
esta respuesta al hombre, que fue concisa, y no fue más que estruendo.
Amiga, el aguacero celeste nos acompaña, la noche de Dios ha sido nuestra intemperie,
y el amor, en todas partes, remontaba hacia su nacimiento.
Yo sé, lo he visto: la vida retorna a sus orígenes, el rayo recoge sus herramientas en las canteras abandonadas,
el polen amarillo de los pinos se acumula en las esquinas de las terrazas,
y la simiente de Dios se unirá en la mar a las extensiones malvas del plancton.
El disperso Dios nos congrega en la diversidad.
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Señor, Dueño de la tierra, ved cómo nieva, y el cielo permanece en armonía, la tierra libre de todo yugo:
el suelo de Seth y de Saúl, de Shih Huang-ti y de Keops.
La voz de los hombres pertenece a lo humano, la voz del bronce reside en el bronce, y en algún lugar del mundo,
donde el cielo quedó sin voz y el siglo no se mantuvo vigilante,
viene al mundo un niño del que nadie conoce el linaje ni el rango,
y el genio toca a buen seguro los lóbulos de una frente pura.
Oh Tierra, Madre nuestra, no sientas desasosiego por esta ralea: el siglo está presto, marabunta es el siglo, y la vida continúa su curso.
Dentro de nosotros se eleva un canto que desconoce sus raíces y que no tendrá estuario en la muerte:
equinoccio de una hora entre la Tierra y el hombre.
1971
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Tomado del libro Obra poética (1904-1974). Edición bilingüe. Galaxia Gutenberg, 2ª ed. 2025
Traducción del francés de Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre



