ANDAR SOBRE EL FILO DE LA NAVAJA, por Charlotte Joko Beck

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La práctica consiste en comprender el filo de la navaja y en saber cómo trabajar con él. Siempre tenemos la ilusión de encontrarnos separados, una sensación creada por nosotros mismos. Cuando nos sentimos amenazados o cuando la vida no nos favorece, empezamos a preocuparnos, empezamos a buscar una posible solución. No hay nadie que se libre de este comportamiento, no hay excepciones. Nos disgusta estar con la vida tal y como es porque podría incluir el sufrimiento, algo que nos parece inaceptable. Tanto si se trata de una enfermedad grave como de una leve crítica o de sentirnos solos o decepcionados, nos resulta inaceptable. Buscamos la manera de evitarlo, porque no estamos dispuestos a aguantarlo ni a simplemente ser eso. Queremos arreglar el problema, resolverlo, deshacernos del asunto. Ahí es cuando necesitamos comprender en qué consiste la práctica de andar sobre el filo de la navaja. El punto en el que es necesario poner luz es cuando comenzamos a alterarnos (ya estemos enfadados, irritados, resentidos o celosos).
En primer lugar, tenemos que saber que nos hemos alterado. Muchas personas ni siquiera se enteran cuando les ocurre. El paso número uno, por tanto, es ser consciente de la alteración que aparece. Cuando hacemos zazen y comenzamos a conocer el funcionamiento y las reacciones de nuestra mente, comenzamos también a darnos cuenta de que, efectivamente, nos hemos alterado.
Ese sería el primer paso, todavía no hemos llegado al filo de la navaja. Todavía nos encontramos separados, aunque ahora lo sabemos. ¿Cómo reunimos nuestra vida escindida? En eso consiste andar por el filo de la navaja; de nuevo tenemos que ser lo que básicamente somos, esto es: visión, tacto, oído, olfato; tenemos que experimentar nuestra vida como quiera que sea en este preciso momento. Si estamos alterados, hemos de experimentar ese estado. Si nos sentimos asustados, hemos de experimentar ese estado. Si estamos celosos, hemos de experimentarlo. Se trata de una experimentación en el plano físico que no tiene nada que ver con los pensamientos relativos a la contrariedad.
Al experimentarlo de manera no verbal, andamos por el filo de la navaja, estamos en el momento presente. Cuando recorremos ese filo, los agonizantes estados de separación se reúnen y experimentamos, si no felicidad, dicha. La comprensión del filo de la navaja (hacerlo además de comprenderlo) es el propósito de la práctica zen. La razón por la que resulta difícil es que no queremos hacerlo. Sabemos que no queremos hacerlo, que queremos escapar.
Si, por ejemplo, yo siento que me has hecho daño, lo que quiero es quedarme con mis pensamientos acerca del dolor. Quiero aumentar la separación; sienta bien dejarse consumir por este tipo de pensamientos abrasadores que refuerzan nuestra supuesta identidad. Mediante el pensamiento, intento evitar la sensación de dolor. Cuanto más precisa se vuelve mi práctica, más rápidamente veo esta trampa y regreso a la experiencia del dolor, al filo de la navaja. Y allí donde en otras ocasiones hubiese permanecido dolida durante años, ahora el disgusto me dura dos meses, dos semanas o dos minutos. Con el tiempo, podré experimentar el malestar mientras está teniendo lugar y podré permanecer justo en el filo de la navaja.
(…)
Todas las relaciones problemáticas que surgen en el hogar o en el trabajo nacen del deseo de permanecer separados. Por medio de esta estrategia esperamos ser una persona aparte con un existencia real, alguien importante. Cuando recorremos el filo de la navaja no somos importantes; somos no-yo inmersos en la vida. Y eso da miedo, aun cuando siendo no-yo la vida es pura dicha. Nuestro miedo nos impele a permanecer aquí en nuestra solitaria autocomplacencia. Esa es la paradoja: solo sabremos cómo vivir sin miedo cuando nos atrevamos a avanzar por el filo de la navaja, cuando experimentemos directamente el miedo.

Charlotte Joko Beck. Zen día a día: el comienzo, la práctica y la vida diaria. Gaia Ediciones. 2012. Pgs. 245-247

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