DEL NEY (FLAUTA SUFÍ) EL LAMENTO DE LA SEPARACIÓN por Halil Bárcena

 

Del Ney, la flauta sufí de caña
El lamento de la separación

Notas a propósito del ney, la flauta sufí de caña

Le pregunté al ney:
¿de qué te lamentas?
¿cómo puedes gemir sin poseer lengua?
El 
ney respondió:
Me han separado del cañaveral
y ya no puedo vivir sin gemir y lamentarme

Hazrat Molana Yalal-ud-Dín Rumi (1207-1273)


“Humildes comienzos suelen tener los grandes fines”, reza un adagio popular. Este viejo dicho resulta más que evidente en el caso del ney [1], la flauta sufí de caña. En efecto, el ney constituye uno de los instrumentos más humildes -si no el que más- de cuantos se utilizan en las músicas —y digo músicas, por su fértil pluralidad— interpretadas en los países islámicos, de Marruecos a Pakistán, de Turquía a Irán. Y es humilde por varias razones. Veámos algunas. En primer lugar, por la materia prima de la cual está hecho: un simple trozo de caña. Humildes son también sus orígenes, ligados, muy posiblemente, a la vida de anónimos pastores que mataban el lento transcurrir del tiempo soplando melodías en una caña, eso sí, sabiamente agujereada. Y, por último, es humilde incluso hasta su propio timbre, volátil e intimista, capaz de hacer vibrar las fibras más íntimas de nuestro ser.
 
El ney ha sido —y aún hoy lo continua siendo— el instrumento musical islámico con mayor raigambre mística. Poetas de la talla de los persas Hakim Sanaí, Mahmud Shabistari o H?fez Shir?zí lo han evocado en sus versos. Pero, sin duda, ha sido el también persa Hazrat ?alaluddín Rumi (1207-1273), el inspirador de la tariqa mevleví, la escuela sufí de los llamados derviches giróvagos, quien mejor ha sabido transmitirnos todo el universo simbólico que el ney atesora. En su monumental Mathnawí, magna obra de 24.660 versos, considerada por el también sufí ??mi como una suerte de comentario del Corán en lengua persa [2], el maestro de Balj (en el actual Afganistán) evoca, a través de la recreación del ney, la historia toda del devenir del hombre, ese ser expatriado de su origen primigenio, consumido por la nostalgia de un estado interior perdido y, en el peor de los casos, olvidado. El pórtico del Mathnawí, esos primeros dieciocho versos míticos dictados por Mol?n? a su fiel discípulo Huzam-ud-Dín, en los que se condensa la totalidad del libro, constituye todo un canto al ney y con él al alma del ser humano en pos de su origen preeterno junto al Amado. Se dice que el sonido lastimero del ney evoca la dulce nostalgia de dicha separación [3]:

“Escucha el ney, escucha su historia
que se lamenta tristemente de la separación:
“Desde que me cortaron del cañaveral,
mi lamento ha hecho llorar a hombres y mujeres.
Yo quiero un pecho desgarrado por la separación,
para poder hablarle del dolor del anhelo.
Todo el que se ha alejado de su origen,
añora el instante de la unión.
En cualquier asamblea entoné yo mi canto melancólico
y me hice compañero de los felices y los tristes.
Todos me entendieron según su propio pensamiento,
pero nadie trató de hurgar en mi corazón el más hondo secreto.
Ese secreto no está lejano de mis lamentos,
pero no tiene esa luz ni los oídos ni la vista para captarlo.
No está velado el cuerpo por el alma,
ni el alma por el cuerpo,
pero nadie es capaz de contemplar el alma”.
Ese canto del ney es fuego, no aire.
¡Quien no tiene ese fuego, merecería estar muerto!
Ese fuego es el fuego del amor que arde en el ney,
el hervor del amor que posee el vino.
El ney es el confidente de todo aquél que está separado de su amigo,
sus cantos desgarran nuestros velos.
¿Quién ha visto jamás un veneno y un antídoto como el ney?
¿Quién ha contemplado jamás un consuelo y un enamorado como él?
 
(Mathnawí, Libro I, 1-18)
 
 
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