EL AMOR QUE NO DAMOS por Mónica Cavallé

(…)

Puedo pensar: “La vida ha sido muy injusta conmigo. Mis padres no me dieron el amor que necesitaba, no me supieron querer. Por causa de todo ello, experimento una gran carencia afectiva en el presente. Mi pasado es el culpable de mi infelicidad presente. Porque mi pasado ha sido como fue, hoy no puedo ser feliz”.

En efecto, puedo considerar que soy víctima de mi pasado y que este es la causa de mi infelicidad. Pero tengo otra opción: puedo entender que solo soy “víctima” de mi propio diálogo interno, del relato que me cuento a mí mismo en el presente; una historia que me hace sentir pasivo, impotente y resentido porque sitúa las claves de mi felicidad en manos de otros, como si esta dependiera de los aciertos o errores de los demás. 

¿Qué puedo hacer cuando me sorprendo repitiéndome ese diálogo interno impotente, resentido y victimista? (…) En primer lugar, entro en contacto con lo que estoy sintiendo en el presente. Siguiendo con nuestro ejemplo: carencia afectiva y resentimiento. A continuación, dejo de contarme mentalmente ese relato victimista, que me distrae del contacto directo con mis sentimientos reales. Me responsabilizo, por consiguiente, de lo que estoy sintiendo.

Si permanezco en contacto con lo que siento desde la conciencia testimonial, advierto, en primer lugar, cómo poco a poco el resentimiento desaparece, pues era fruto exclusivo de dicha historia, de las interpretaciones a las que asentía en mi diálogo interno. Me quedo con un sentimiento más básico, que es real, que está en el presente, y que es independiente de mi diálogo interno: el de vacío afectivo.

Entro en contacto con esa sensación y le ofrezco mi presencia, es decir, la experimento plenamente sin identificación. No lucho contra mi sensación de vacío, no la juzgo ni la rechazo, la dejo ser. Y esto ya es aceptación; ya es amor. Es acoger mi propio dolor y vulnerabilidad. Es amor hacia mi propia experiencia, es decir, hacia mí misma. El amor, por lo tanto, crece en mi interior.

Si ahondo en esta disposición, advierto que, al aprender a acoger mis carencias y mi fragilidad, aprendo a acoger también las de los demás, por lo que el amor a los demás crece igualmente en mí. Entiendo que ellos, al igual que yo, también cargan con sus heridas; que, al igual que yo, hacen en cada momento lo que pueden en función de su nivel de conciencia. Comienzo a comprender y a aceptar a aquellas personas en las que antes volcaba mi resentimiento. 

Si vivencio lo anterior con profundidad y perseverancia, con el tiempo el vacío desaparece y deja paso al amor. Descubro entonces algo decisivo: no nos daña el amor que no hemos recibido, sino el amor que no damos (a nosotros mismos en primer lugar, y derivadamente a los demás). Descubro que retener y no dar es lo que ocasiona el más profundo dolor. Y que es este vacío el que infructuosamente había querido llenar con el amor de los demás.

 

Fragmento del libro: 

Mónica Cavallé. El arte de ser. Filosofía sapiencial para el autoconocimiento y la transformación. Editorial Kairós, 2017.

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