SIN SABER ADÓNDE por Fernando Mora Bongera

Fernando Mora Bongera
Sin saber adónde
Bajamar editores, 2017

Fernando Mora es un amigo del mundo del haiku pero también tenemos sintonías en otros ámbitos artísticos, como la poesía o la meditación.
Es un placer comentar y compartir libros de compañeros del camino. Este camino que es una paradoja. Como dice Thomas Merton, que el autor cita al comienzo de su libro, estamos viajando y ya hemos llegado. Hacia dónde vamos es hacia nosotros mismos, nosotros somos el camino. O como dice Isabel Pose en este hermoso haiku:

Al final del camino
no hay nada.
La luna que alumbra.

Pero “Para venir a lo que no sabes / has de ir por donde no sabes. Juan de la Cruz”. Y ahí seguimos…

Voy a ir entrelazando versos de Fernando con versos de otros autores y algunos de mi propia cosecha.

Hay grietas por donde se cuela la mirada de un pájaro, la nevada sobre el bosque, la orografía del viento. Con la muletilla del nombrar las cosas, que nos da seguridad.
“Hay una grieta en todo; solo así entra la luz”. Leonard Cohen.

A la hora del ocaso te das cuenta de que es la propia naturaleza la que te da nombre a ti, te haces árbol en el viento. (“Oh, quiero crecer, / miro hacia fuera y está en mí creciendo el árbol.” Rilke).

Sólo la respiración nos deja pronunciar su nombre, alba sobre todos los abismos del mundo, luz que cura las heridas, fractal de lluvia sobre los abrazos, disolución de la llama en la sangre, y, por fin, sentir el amor en la médula del tiempo.
La ternura de la tarde besando los cristales, madre, la inocencia del silencio en tus ojos, el regreso a la mano desnuda.
Los niños infinitos sobre la nieve, la mansedumbre de los bueyes sobre la nieve (Julio Llamazares), la complicidad en el naufragio de la infancia.
La brisa que pone en cursiva la hierba (qué bueno!) El pluscuamperfecto de los espejos abisales, la ebriedad de los labios que balbucean, y sin embargo…
Vendrá el silencio a tientas cuando Lidia derrame sonrisas y rasgue el cielo con su dulce mano, esos tirabuzones dorados que reflejan la mirada inefable de Dios.

Al final del poema tampoco hay nada, sólo un leve temblor de la lluvia enhebrando el aliento, el aleteo de las alas de la mariposa sobre la campana del mundo, esta quietud de la noche, esta danza sin saber adónde.

“Mirar la vida.
Como si mirases la muerte.
Como el pájaro mira
el iris de la serpiente;
seco, opaco, presente.
Con ojos de suicida.”

“Es el acto de nombrar
un hecho violento
que separa la cosa de su ser.
Nombras
y pagas con la vida.
También los mudos mueren así.”

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