TAN SÓLO SER, por Rafael Redondo

Zen Moment, Seattle Japanese Garden

Permanece atento, completamente atento….porque algo ocurre en la hondura, y en la frontera del aire con la piel; ahí, en la silente simplicidad de estar sentados: el empeño de la Vida en animarnos. Así se entiende que una de las traducciones del Za-Zen se “estar sentado esperando la noticia”. Quizá algún lingüista lo desdiga. Me daría igual.

Se trata de despertar del sueño de atribuir a Dios un rostro, para luego poderlo hallar en el propio semblante de la Dicha: cuando en la mansa dádiva de las pequeñas cosas se alumbra la existencia, comenzando por el humilde hecho de respirar. Y sentirse a uno mismo que se es; vivir continuamente el milagro de ser, tan sólo ser…

Párate, por favor. Apéate del trote ajeno. No obedezcas. Para, por favor. Déjale hablar al Fondo. Contempla lo que te arde. Párate, para, párate. Pre-párate.

Alguien –es un decir- me ha enseñado a ser Nadie. Y a no estar. Y -¡qué curioso fenómeno!- es cuando más presente estoy. Paradójica Presencia, silenciosa Fuerza del Ser, brotando gota a gota del manantial de la propia disolución.

Cuán extraño instinto suicida, dejarse entonces devorar por la triste liturgia de la costumbre. Después de tal constatación no puedo hablar con los expertos del tiempo en el ascensor. Tan sólo cabe el celebrar, pero, ¿a quién le cuentas esto? ¿A quién le digo que el Origen me ha enseñado la liberación de no estar? ¿Quién puede creerse que el mayor arraigo se cimenta en el desarraigo?

Algo –¿Alguien?- que no nació, inventó la boca humana para poderse decir, poetizar. Alguien más allá de toda forma y nombre, puso en nosotros aliento y voz para poder ser constatado y narrado…

Y le encontré en su vuelo,
y me encontró en su nada,
y me vi con sus ojos.
Cuando yo era nadie,
cuando era nada.
Cuando no era.

Elevarse al abismo, escudriñar dentro de sí, para hallar el primer borrador, la fotocopia inicial del rostro propio antes que el Big-Bang sucediera. Apostar por la Vida es resistirse a morir ciego. Y ver cumplida la promesa: la más antigua fotocopia se hace tangible, se torna cuerpo. Y portalón de salida a la otra parte.

No te mueras sin vivir ni vivas sin morir.
Festeja tu reencuentro,
que hasta el mismo Dios lo celebra,
haciéndose Él desierto.

Se trata de notar, sentir, vivir y avivar aquello que en tu pecho se instaló e incesantemente late. Y en cada instante cobra forma. Y crece. Deja este texto, y lee por dentro, léete; eso, léete. Y regala lo que has visto, no lo olvides.

Fuente: Facebook Rafael Redondo

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