ESTADO DE GRACIA, por Clarice Lispector

Walker

A las cinco de la madrugada de hoy, 25 de julio, he caído en estado de gracia. Ha sido una sensación súbita, pero dulcísima. La luminosidad sonreía en el aire, exactamente eso. Era un suspiro en el mundo. No sé explicarlo como no se sabe explicar la aurora a un ciego. Es inefable lo que me ha sucedido en la forma de sentir (…)

(…) El estado de gracia de que hablo no se usa para nada. Es como si sólo llegase para que se supiese que existe realmente y que existe el mundo. En este estado, además de la tranquila felicidad que irradian las personas y las cosas, hay una lucidez que llamo leve sólo porque en la gracia todo es leve. Es la lucidez de quien ya no necesita adivinar; sin esfuerzo sabe. Sólo eso, sabe. No me preguntes qué, porque sólo puedo responder de la misma manera: se sabe.

Y hay una bienaventuranza física que no se puede comparar con nada. El cuerpo se transforma en un don. Y se sabe que es un don porque se está sintiendo, de una fuente directa, la dádiva de repente indudable de existir milagrosa y materialmente.

Todo adquiere una especie de aura que no es imaginaria, viene del esplendor de la irradiación matemática de las cosas y del recuerdo de las personas. Se empieza a sentir que todo lo que existe respira y desprende un finísimo resplandor de energía. La verdad del mundo, sin embargo, es impalpable.

No es ni de lejos lo que a duras penas imagino que debe de ser el estado de gracia de los santos. Este estado no lo he conocido nunca y ni siquiera puedo imaginarlo. Es sólo la gracia de una persona normal que la hace de repente real porque es normal y humana y reconocible.

Los descubrimientos en ese sentido son inefables e incomunicables. E impensables. Por eso en la gracia me mantuve sentada, quieta, silenciosa. Es como una anunciación. Que no está, sin embargo, precedida por ángeles. Pero es como si el ángel de la vida viniese a anunciarme al mundo.

Fuente: “Aromas del zen” de Rafael Redondo. Desclée De Brouwer

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