DECIR LA NADA, por Vicente Haya

Hormiga

Los haikus hablan de cualquier nadería. Blyth, el gran estudioso del haiku, lo definía como “una mera nada inolvidablemente significativa”. Una nada que sucede ante nosotros y no conseguimos olvidar. Esta recurrencia del haiku a la nada nos incomodó desde el principio y acabó alterando nuestras más firmes certezas. El haiku es una nada que nos trastorna y que por ello tratamos de explicar.

Ninguna palabra dice lo que dice. Nosotros siempre tratamos de poner en el lenguaje más de lo que el lenguaje puede soportar y por eso se rompe. Especialmente, cuando necesitamos contar eso único que merece ser comunicado, ese encuentro nuestro con lo inefable del que José Manuel Martín Portales escribía:

Nada puede decirse…
Pero hay que decir la Nada

“Decir la Nada”, efectivamente, eso es el haiku. Ésa es la excepción a nuestro habitual parloteo de palabras. El haiku, eso que significa que de verdad estamos vivos… Estar vivo, estar despierto, atender al mundo, como él está pendiente de nosotros. Como esa libélula-diablo de la que hablaba en su haiku un niño de seis años:

TAKEMATSU HIRONOBU

Oniyanma
omowazu boku to
niramekko

Una libélula-diablo
sin que me diera cuenta
me estaba mirando fijamente

El mundo nos observa; nos observa fijamente. Está atento a nuestros más mínimos gestos. Bajo la atenta mirada de una libélula-diablo, comenzamos esta Vía tan particular del haiku, este haiku-dô, que vamos a concretar en cien haikus, en cien formas de belleza donde morar.

Fuente: Blog Vicente Haya

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