EL SILENCIO DE LLUÍS VALLS ARENY, por Marià Corbí


Pintura de Lluís Valls

El arte es hijo del interés sincero por la realidad. Y el interés es atención y amor hacia la realidad. Sólo quien se interesa profundamente por la realidad y se gira hacia ella con toda la atención y todo el amor, puede ver la belleza.

Para poderse interesar incondicionalmente por la realidad, es necesario mirar olvidándose de sí mismo.

Si nos aproximamos a la realidad esperando sacar algún provecho, ya sea económico, de prestigio o satisfacción personal, si pretendemos ganar algo, sea lo que sea, nos estamos interponiendo y escondiendo la realidad. Cuando entre la realidad y uno mismo, interponemos los propios intereses, no llegamos a la realidad misma sino a la idea que nuestro interés se ha forjado de ella. Entonces no dejamos hablar a la realidad sino que la forzamos para que responda a nuestro interés.

Por ello, el artista se aproxima a la realidad como si no fuera un ser necesitado; se acerca con desprendimiento, sin buscar nada, sin exigirle nada, independiente, como si no necesitara nada de lo que la realidad le puede ofrecer. Esta actitud desprendida, distanciada de sí mismo, independiente, es la condición básica para que el interés por la realidad sea una auténtica atención y amor por las cosas mismas.

Pero no es posible interesarse y amar las cosas mismas, tal y como se manifiestan y tal y como son, si no se ha aprendido a callar por dentro de tal manera que los propios intereses, interpretaciones, hábitos o valores, no se interpongan entre el corazón, la mente y el puro decirse de la realidad.

Cuando nada se interpone entre el ojo, el corazón y aquello que se observa, es cuando puede producirse el fenómeno del puro decirse de lo que aquí hay, un decirse que es como una revelación de belleza y de verdad.

Esta revelación no puede describirse con conceptos, sólo puede ser apuntada, insinuada, con formas. Formas que se alejan de las interpretaciones y que conducen hacia el interior del silencio, allá dónde la comprensión, la percepción y el sentir se aproximan a aquello inefable que absorbe las facultades en su misterio.

El arte avanza en la misma dirección que el proceso interior al que nos invitan todas las tradiciones de sabiduría de la humanidad. Tiene el mismo punto de partida, el mismo recorrido y la misma meta. Aunque hay artistas que se desvían utilizando el poder que les otorga su capacidad de atención, de distanciamiento, de desprendimiento y de silencio interior, para afirmarse, agrandarse, lograr algún provecho económico o alcanzar el reconocimiento.

El camino de los indagadores de la belleza, honestos y sinceros, se asemeja al de los indagadores espirituales, sus caminos confluyen. Estos artistas honestos, se adentran en el silencio y acogen la belleza como al ángel de luz que anuncia la gran revelación del misterio del existir.

Estos artistas, que son pocos, muy pocos, aprenden a adentrarse en la lucidez del silencio sin dar marcha atrás. No ponen límite a su aventura por los campos de la indagación. Viven en la intemperie. En sus obras, no les busquéis a ellos, porque no les encontraréis. En sus obras no está esa o aquella personalidad; todo en ellas es universal. Sus obras son composiciones de formas para llevar con delicadeza hacia aquello que se muestra y nos mira desde las formas, pero que no tiene formas. Las obras de los grandes, acercan el otro mundo hasta éste.

Nombran lo innombrable; hablando crean el gran silencio; con sonidos expresan el espíritu; con formas y colores muestran la fuente de todas las formas y colores, una fuente que no tiene formas ni colores, ¡éste sí es un gran milagro!

Las obras de los grandes, nos dan de la mano y nos introducen en el abismo de la pura presencia “del que es”.

Los artistas hondos y honestos, se hallan entre los grandes benefactores de la humanidad. ¿Qué mejor servicio se puede hacer a los hombres y a las mujeres que conducirles hacia aquellas regiones de las que mana la admiración, el interés verdadero, la aceptación completa de lo que existe, el silencio de sí mismo, la unidad de todo, el amor y la paz que nacen en el seno de “lo que es”?

Lluís Valls Areny es uno de esos escasos buscadores sinceros, sin el menor asomo de falsedad. Nadie busca de manera más noble y limpia que él; y es difícil, muy difícil, poder encontrar a un hombre más sencillo y humilde que él. Es tan noble y sincero en su búsqueda de la belleza, que en sus cuadros difícilmente encontraréis rastros de su persona. Sus cuadros están concebidos y sentidos desde el más completo silencio de sí mismo.

Las formas de sus paisajes castellanos, son formas que remarcan las grandes dimensiones de los espacios vacíos. El espíritu se adentra en las grandes distancias sin obstáculos, de sus cuadros. Es el maestro de los grandes espacios vacíos. Habla con elocuencia de la inmensidad infinita y desnuda de “lo que es”. Las formas de sus cuadros proclaman una y otra vez, siempre con nuevas voces de austeridad creciente, el Vacío infinito e insondable de la realidad y que nos constituye.

Sus obras son silencio, nacen desde el seno del profundo silencio interior de Lluís y muestran el silencio, la presencia desnuda y callada de sus amplios paisajes.

A menudo comparamos la pretensión de CETR con la que sería la pretensión de un conservatorio de música. Un conservatorio que valga, ofrece la posibilidad a los alumnos de ponerse en contacto con los grandes músicos para aprender a comprender la música, y poder llegar a hacer música uno mismo. Aquí hacemos algo parecido: ponemos en contacto con los grandes textos y maestros del camino interior para aprender a recorrerlo nosotros mismos. Y lo que enseñan todos los grandes maestros es la vía del silencio.

Lluís Valls es uno de los maestros de este Centro. Él es pintor y habla poco, muy poco; sin embargo, con sus cuadros es un maestro del silencio. Éste es el motivo por el que hemos querido iniciar el curso con una pequeña exposición de algunas de sus obras; con la seguridad de que sabréis apreciar esta primera clase del curso.

 

Fuente:  CETR

Web Lluís Valls Areny

 

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