LA BARRERA DEL PENSAMIENTO-EMOCIÓN, por Charlotte Joko Beck.

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Si realmente queremos ver la unidad fundamental, no solo de vez en cuando, sino la mayor parte del tiempo -en eso consiste la vida religiosa-, entonces nuestra práctica primordial ha de trabajar con lo que Mensan Zenji (maestro Soto Zen y erudito) denominaba “la barrera del pensamiento-emoción”. Se refería a que en cuanto algo parece amenazarnos, reaccionamos. En el instante en que reaccionamos se erige una barrera que nos nubla la visión. Dado que la mayoría de nosotros reaccionamos así cada cinco minutos, es obvio que la vida se nos presenta nublada casi siempre. Estamos atrapados dentro de nosotros mismos, estamos atrapados por esta barrera.

Nuestra práctica primordial tiene que ver con esta barrera. Si no realizamos esta práctica, si no comprendemos los entresijos de las barreras que erigimos -una labor nada fácil-, permanecemos esclavizados y separados. Podremos contemplar nuestra naturaleza verdadera de vez en cuando, pero seguirá resultándonos imposible serla momento a momento. En otras palabras, la vida religiosa no se ha realizado: la humanidad y los dioses permanecen separados. Aquí estoy yo y ahí fuera está la vida que parece amenazadora; no hay encuentro entre ambos.

Esta barrera del pensamiento-emoción suele adoptar la forma de una oscilación entre dos polos. Uno de ellos sería la conformidad: sacrificarnos por la divinidad, sacrificarnos a nosotros mismos, agradar a la vida, agradar a los demás, ser buenos e intentar convertirnos en una persona ideal, ahogando así, en cualquier momento dado, lo que consideramos verdadero. Así son las personas que intentan ser buenas, que intentan esforzarse en la práctica, que intentan iluminarse, que intentan, intentan e intentan. Semejantes esfuerzos están sumamente extendidos, sobre todo entre los practicantes zen. Pero si practicamos con inteligencia, empezaremos a percatarnos del estilo conformista en el que hemos estado inmersos y tenderemos a desplazarnos al polo opuesto, a otro tipo de esclavitud: la rebelión, el inconformismo. La gente que se encuentra ahí insiste: “¡Que nadie me diga lo que tengo que hacer! ¡Necesito tener mi propio espacio y que nadie lo traspase!”. Cuando estamos en este otro polo, juzgamos a los demás con dureza y mantenemos opiniones negativas con firmeza. Sustituimos el vernos inferiores y dependientes por creernos superiores e independientes. Estos dos estados (la conformidad y el inconformismo) se alternan momento a momento. Durante los primeros años de práctica la mayoría de las personas pasan de la primera fase a la segunda. En ese punto parece que sus vidas, en vez de ir a mejor, empeoran. “¿Qué ha sido de aquella persona tan agradable que conocí?” Sin embargo, ambos estados rezuman esclavitud. Seguimos reaccionando ante la vida. O bien nos amoldamos o bien nos rebelamos contra ella. Así, los dioses y la humanidad continúan separados.

(…) En todo este proceso de vaivenes tan solo hay separación. ¿Cómo podremos arreglarlo? Lo arreglaremos experimentando lo que no queremos experimentar. Hace falta que experimentemos de forma no verbal la inconformidad, la ira, el miedo que subyace detrás de esta vacilación entre ambos polos. Eso es el verdadero zazen, la verdadera oración, la verdadera práctica religiosa. Al final, la ira (como experiencia física) comenzará a transformarse. Si estamos realmente alterados, la transformación quizás dure semanas o meses. Pero si nos rendimos a la experiencia, si “abrazamos el tigre”, antes o después, esta se transformará; porque cuando la propia experiencia, no hay un sujeto distinto a un objeto. Y cuando no existe ni un sujeto ni un objeto, la barrera del pensamiento-emoción se viene abajo y vemos por primera vez con claridad. Al ver así, sabremos qué hacer. Y nuestro comportamiento será entonces amoroso y compasivo. Entonces podrá vivirse la vida religiosa.

Mientras no nos sintamos abiertos y amorosos, nuestra práctica estará ahí esperándonos. (…) Esa es la vida religiosa. Se trata de la reconciliación con las personas y con sus conceptos de separación, la reconciliación con nuestros puntos de vista sobre cómo deberían ser las cosas y la gente, la reconciliación con nuestros miedos. La reconciliación con todo eso es la experiencia. ¿La experiencia de qué? ¿De Dios? ¿De lo que simplemente es? La vida religiosa es un proceso de reconciliación, de instante a instante.

Charlotte Joko Beck. Zen día a día: el comienzo, la práctica y la vida diaria. Gaia Ediciones. 2012. Pgs. 267-270

 

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