EN EL ATARDECER, por Eloy Sánchez Rosillo

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Menos mal que de golpe lo imprevisto
llega y nos reconcilia con la vida
cuando sin esperanza caminamos,
hartos de todo, y ya apenas nos quedan
fuerzas para seguir. No, no es preciso
que lo que de manera inesperada
viene a salvarnos sea un gran suceso:
basta a veces con algo que sería
bien poca cosa para quien no tiene
necesidad de ayuda.
Hoy, por ejemplo,
volvía yo, vencido, hacia mi casa,
en el atardecer, después de un día
de veras desastroso, un día de esos
en los que las miserias cotidianas
se acumulan en un fardo oscurísimo
que nos dobla la espalda. Iba cayendo
la noche. Y lentamente me llevaron
mis pasos, por azar, hasta una calle
solitaria y humilde. En ella vi
una pared en la que el sol poniente
se había demorado. Era tan sólo
una pared casi ruinosa, un viejo
muro con una mancha muy intensa
de sol crepuscular que se negaba
a dejar la ciudad y no quería
rendirse ante el avance decidido
de la nocturna sombra.
Poca cosa,
dirán, sin duda, algunos. Pero aquella
luz rezagada, aquel remanso efímero
de sol a punto ya de marchitarse,
me liberó de pronto de la angustia
que llevaba conmigo.
Y pude luego
proseguir el camino hacia mi casa
redimido, dichoso y, no sé, acaso,
cantando en voz muy baja una canción.

Eloy Sánchez Rosillo (La vida)

Fuente: http://isladerobinson.blogspot.com

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EN EL ATARDECER, por Eloy Sánchez Rosillo

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