LA CLARIDAD DEL SILENCIO, por José Fernández Moratiel

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“Espero ir a vosotros y hablaros cara a cara
para que sea cumplido nuestro gozo”

No quiero, mis amigos, que pase este tiempo como un paréntesis, sin comunicación. Ojalá que sea un encuentro de corazón a corazón, de alma a alma. ¡Cuántas veces me comunico con vosotros desde dentro, desde el corazón!
La vida no es una lucha, un trabajo, una fatiga, un cansancio. He sido un afortunado. Tiembla y se estremece mi corazón al confesarlo, pero ocultaría la verdad, la luz derramada sobre mí, si la callara. Afortunado, he recorrido el sendero que he amado, el quehacer que me ha seducido, pues me he dejado seducir por el silencio. Es verdad que esto no ha anulado roturas y quebraduras de mi condición terrestre. Todo eso, ha sido abrazado por el silencio. No puedo ocultaros que mi vida ha sido como unas perennes vacaciones. Sólo cansa lo que se hace por profesión, por ganancia, no por vocación. Hoy quirófano me suena de otra manera. No es un sonido extraño. Antes me sonaba a sombrío, oscuro, como un taladro que va horadando la tierra que somos, buscando la fuente de la vida. En estos momentos me suena de manera diferente; casi, casi como a mar, a montaña, a chopera. Lo veo como jardín, como un campo de amapolas, de campanillas, de mariposas.
Tan sólo el ahora es el centro de todo mi ser, de toda mi mirada. El silencio no tiene pasado, no tiene futuro; sólo es el ahora. Esto es lo que conozco, amo y me reconforta. Nada da tanto miedo como lo desconocido. Y lo único que conozco y amo es este ahora; y me da no miedo, sino paz. Sí, es el silencio el que hace que llevemos confiadamente pesadumbres, dudas, negruras, todo atravesado por la luz de una primavera que hace florecer de paraíso la vejez, el cansancio, la fatiga, el dolor más doloroso.
Mi alma es el silencio. Silencio de pan, de trigo. Mi alma es una con el pan cotidiano. El silencio lo penetra todo: el día y la noche, el trabajo, el descanso. El silencio da sabor a todo: a cada palabra, a cada hogaza, a cada dolor, a cada amanecer de alegría. Todo se vuelve uno en el silencio, como que todo se diviniza. La vida está en todo, aunque invisible, inefable, indecible. Siempre el silencio me lleva a lo más íntimo de mi mismo. ¿Quién me lleva de un lado para otro? Un viento suave. El velero no se mueve sin el viento. Somos veleros trasladados por un misterioso viento que no se nota.

Así me siento, así voy, andando paso a paso hacia el quirófano. Así me uno a vosotros. El alma se aclara en el silencio como el alba en el amanecer.
Cada hora que llega es plenitud de lo divino que se vierte en el alma. El ahora me llama a reposar en un sosiego como la desembocadura serena de mi vida.
“Señor dueño nuestro”. Sí, un amor se desvela en el silencio, un único amo, dueño, el Señor, por verbalizarlo de alguna manera, por más que sea siempre frágil. Como si oyera un cierto murmullo que me dice: “Sí, eres mío, sí, me perteneces; no me hables de ti”. No, no hace falta que le hables de mi, ni de ti. El se hace cargo de ti y de mí. Vamos a dejarle obrar en el silencio, en sus maravillosas manos de amor, de ternura inefable, aroma divino. Nada enlutece, ni nubla la luz y la calma de mi corazón.
Viajero soy, viajeros somos, es la hora de estar bien atentos.
Viajero soy, viajeros somos, es la hora de ver que todo pasa, que todo fluye.
Viajero soy, viajeros somos, voy de posada en posada, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad.
Y no me despido de la esperanza de posar mi mirada en vuestra mirada, mi silencio en vuestro silencio, mi amor en vuestro amor.
Viajeros, queda la eternidad, queda el árbol, la primavera, el viento, queda el silencio; se eterniza el amor.
De Él no sé nada. Lo desconozco. Me desconozco. Y en el silencio he escuchado palabras que no he sabido expresar. Nada, nadie puede arrancar al silencio su misterio. Pero mi corazón lo añora y se transforma en un festival cuando se da cuenta de la llenura de su presencia. Y no deseo, no busco otra cosa, sentado, asentado, todo sedimentado, aquietado, codo a codo con vosotros, acurrucado y mecidos por el feliz silencio.

José Fernández Moratiel. O.P.

Cortesía de Lola Montes

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