EL VACÍO, SENDERO DE PLENITUD, por José Fernández Moratiel

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Al Silencio se suele llegar después de haber tanteado y ensayado otros caminos. Es el Silencio la alternativa cuando otra salida u otro camino se ven como imposibles.
El sufrimiento es el que abre las puertas de lo invisible, dilata el campo de nuestra mirada y produce un despertar. Se accede por ese peldaño a una vida más luminosa, como si de un amanecer se tratara.
En el dolor de un callejón sin salida está el germen de otra vida. El hijo pródigo vuelve en sí, a su casa, al verse en las últimas. Es el dolor como un fermento espiritual, y así el interior, el volver en sí, el despertar es el fruto del Silencio.
Es un sufrimiento por gravitar en la superficie de las cosas y no en el centro, es un sufrimiento por vivir fuera de sí, fuera del corazón, fuera de casa.
El dolor es como un gran maestro, admirable maestro. Porque no enseña nada. Tan sólo despierta, abre, nos dispone.
El Silencio es mejor que ninguna otra tarea, pues nos permite abrirnos a la verdad, sin disimulos y sin ficción. Así, el Silencio es la capacidad de ser. Más: es ser, sencillamente ser.

En las horas de cierta angustia y hasta de desesperación puede quebrarse algo y surgir el flujo de ciertos niveles más hondos que ignorábamos. Ese dolor nos puede abrir a la plenitud, al horadar las capas que nos separan de dentro.
La pedagogía del dolor busca reavivar la otra dimensión, la interioridad. Vivimos tan cargados de conceptos, tan atiborrados de pensamientos, que no permiten que el otro lado se abra y se despierte.
Siempre la maduración va acompañada de un cierto descubrimiento y de un cierto gozo. En ese paso de lo sombrío, de la pluralidad a la unidad hay una inefable alegría.
Quedar sin imágenes, sin pensamientos, es como quedarse en el vacío. Pero el desprendimiento de toda imagen de Dios puede ser el hallazgo del verdadero Dios.
El Silencio puede surgir en la crisis, en el desajuste, en el desequilibrio. Tanto que uno busca a la desesperada el sosiego y la paz, y el silencio se hace presente como una alternativa insustituible.
El hombre acostumbra buscar a Dios fuera, en la exterioridad. Y lo hace hasta la fatiga, hasta el agotamiento. Y es ahí mismo cuando, al no poder hallarlo, se le ofrece la oportunidad de regresar a su corazón. Ahí, en el puro Silencio, se celebra el Encuentro, sin mediaciones. Es el maravilloso cara a cara.

Cortesía de Lola Montes

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