MADUREZ INTERIOR, por Karlfried Graf Dürckheim

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Quiero referir aquí una historia vivida para explicar mejor este concepto de madurez interior y del cumplimiento que, necesariamente, tiene como efecto. Fue en una visita a un claustro japonés, en Kyoto, en 1945. Un amigo japonés consiguió para mi una audiencia con el maestro Hayashi, abad del célebre monasterio Zen de Myoshinji. Los japoneses tienen la delicada costumbre de hacerse regalos. El visitante, cuando es recibido por primera vez, lleva un regalo a su anfitrión y a su vez éste se ocupa de que el invitado no se vaya con las manos vacías. El regalo más valorado es siempre aquel que es obra de la propia persona que lo ofrece. Fue así como, al final de una larga y fructífera conversación, al llegar el momento de terminar, el Maestro me dijo: “Quiero hacerle un pequeño regalo. Voy a pintar algo para usted”. Dos monjes jóvenes trajeron el material que se precisaba. Sobre una estera cubierta con tela roja, colocaron una hoja fina de papel de arroz de 60 x 20 cm., sostenida arriba y abajo por una barra de plomo. Trajeron luego los pinceles y la tinta. Era, en realidad, una barra de tinta de China que se transformaba en tinta líquida a base de frotarla mucho contra las paredes de una piedra negra hueca que contenía un poco de agua.

Con una calma total y con todo el ceremonial requerido, como si tuviera tiempo infinito interiormente, un maestro tiene siempre tiempo infinito, el abad se puso a preparar la tinta. Con un movimiento regular de la mano, estuvo frotando hasta que el agua quedó negra. Sorprendido al ver que fuera el propio Maestro el que hacía este trabajo, pregunté cuál era la razón. Su respuesta fue muy significativa: “Gracias al tranquilo movimiento de balanceo de la mano que prepara la tinta cuidadosamente, una gran calma se va apoderando de todo el ser, y únicamente de un corazón en calma perfecta es de donde puede nacer algo perfecto.

Todo estaba ya preparado. El Maestro Hayashi se sentó sobre los talones, el cuerpo bien derecho, la frente serena, los hombros relajados, en la posición que caracteriza a quien practica desde hace mucho tiempo “la sentada”: el tronco distendido, pero a la vez con la tensión justa, vital. Con un movimiento inimitable, pues hasta ese punto era sosegado y fluido, el Maestro cogió el pincel. Por un momento, miró el papel, su mirada estaba como perdida en lo infinito. Luego dio la impresión de abrirse cada vez más hacia el interior, esperando que la imagen que contemplaba saliera libremente como de si misma. En ningún momento tuve la impresión de que le inquietara el temor de no lograr su propósito, o el deseo ambicioso de conseguirlo por encima de todo. El resultado fue el testimonio de una maestría que expresaba mucho más que el dominio de una técnica.

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Fuente y artículo completo: www.cetr.net

 

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