OS CONDUCIRÉ A VUESTRA TIERRA (Ez. 36,24), por José F. Moratiel

Mesquite Flat Sand Dunes  at sunrise 25 Feb 2013 in Death Valley

En el Silencio se puede vivir una de las emociones más delicadas y profundas, la emoción del expatriado que vuelve a su patria cuando uno ya casi no contaba con poder retornar a su país natal, donde está su verdadero Ser, donde se aloja su verdadera identidad. Es el encuentro con nuestra alegría y felicidad.

El Silencio es volver al rincón más amado, y a la vez más alejado, de nuestro corazón tanto tiempo tapiado, es volver uno a sí mismo, tanto tiempo extraviado y errante. Uno puede saberse desterrado de sí mismo. Y siempre es posible regresar por la puerta de entrada que es el Silencio, que es el camino de vuelta.

El exilio comienza cuando uno, de la mañana a la noche, se dirige a otros espacios, se echa a andar por otros senderos, distraído y vagabundo de otra patrias. A la hora del retorno no cabe entretenerse con nada, cualquier cosa puede retrasar la llegada. Y urge llegar pronto.

En el Silencio se está alerta, predispuesto y pronto para pisar el umbral del corazón. Poner los pies de nuevo, pisar la tierra íntima es como renacer, resucitar. La vida se inauguró, nació ahí dentro, y uno lo había olvidado. Pero a pesar de todos los pesares, en esa posada de la interioridad existe solidez, agua fresca, ímpetu nuevo.

Se siente estremecimiento al advertir que dentro hay tal dinamismo, intensos sorbos de vida y de paz, es el fluir de la fuente oculta, ahora abierta por el Silencio. Por eso el corazón se vive sano y recobrado, alentado por la vibración más fecunda.

El interior es tu casa, tu ciudad, tu tierra. Y al volver te vas a enamorar del que te llena y colma a rebosar: de Dios. El Silencio es seducción de lo absoluto que inunda tu anchura íntima. Y ahí te encuentras contigo mismo, con lo que eras ya en la edad de la germinación, desde siempre.

El Silencio es lujo del corazón, donde se prepara el trato con las cosas, sin hosquedad, sin hostilidad. Del Silencio brota la suavidad y la calma del alma que ha regresado a sí misma y desde él se vierte sobre el entorno todo el júbilo y toda la felicidad.

José F. Moratiel

Cortesía de Lola Montes

 

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