LA DOCTRINA SUPREMA, por Hubert Benoit

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La obra más conocida y difundida de Hubert Benoit es La Doctrina Suprema, de la que transcribimos algunos párrafos:

– El ser humano al que generalmente llamamos “desesperado” no está definitivamente desesperado, está lleno de esperanzas que el mundo se niega a satisfacer; por lo tanto es muy desgraciado. El ser humano que ha llegado a una verdadera desesperación, el que ya no espera nada del mundo de los fenómenos, se llena de gozo perfecto al que por fin ha dejado de oponerse.

– En nuestro deseo de escapar de la angustia, buscamos doctrinas de salvación, buscamos un maestro. Pero el maestro no está lejos y ofrece constantemente sus enseñanzas: es la realidad tal cual es, es nuestra vida cotidiana.

– No es la impotencia misma la que causa la humillación, sino el impacto que experimenta mi pretensión de omnipotencia cuando choca contra la realidad de las cosas.

– Recordemos que la naturaleza de las cosas es para nosotros el mejor y más humillante de los maestros y que nos rodea con su ayuda vigilante. La única tarea que nos incumbe es comprender la realidad y permitirnos ser transformados por ella.

– La imposibilidad en que me encuentro hoy de gozar de mi naturaleza propia, de mi naturaleza-de-Buda, como hombre universal y no como individuo distinto, me obliga a fabricar constantemente una representación radicalmente engañosa de mi situación en el Universo. En lugar de verme en igualdad con el mundo exterior, me veo, o bien por encima de él o bien por debajo; sea arriba, sea abajo. Según esta perspectiva, en donde el arriba es Ser y el abajo es la Nada, estoy obligado a esforzarme siempre hacia el Ser. Todos mis esfuerzos tienden, necesariamente, de una manera directa o indirecta a elevarme, sea de manera grosera, o sutil, o, como suele decirse, espiritualmente. Todos mis automatismos psicológicos naturales, antes del satori, están fundados en el amor propio, la pretensión personal, la reivindicación del subir de un modo o de otro; y esta reivindicación para elevarme individualmente es la que me oculta mi dignidad universal infinita. La pretensión que anima todos mis esfuerzos, todas mis aspiraciones, es a veces difícil de reconocer como tal pretensión. Me es fácil ver a mi pretensión cuando el No-Yo del que deseo distinguirme está representado por otros seres humanos; en este caso, un poco de lealtad interior es suficiente para dar su verdadero nombre a mi tentativa. Pero ya no es lo mismo cuando el No-Yo del que deseo diferenciarme está representado por objetos inanimados o, sobre todo, por esta ilusoria y misteriosa entidad que denomino Destino; sin embargo, en el fondo es absolutamente lo mismo; mi suerte me exalta; mi mala suerte me humilla. Si vemos bien las bases profundas de nuestro amor propio, comprenderemos que todos nuestros goces imaginables son satisfacciones de este amor propio y que todos nuestros sufrimientos imaginables son heridas que se le infligen. Comprendemos, pues, que nuestra actitud pretenciosa personal domina la totalidad de nuestros automatismos afectivos, es decir, la totalidad de nuestra vida.

– Si me siento humillado es porque mis automatismos imaginativos consiguen neutralizar la visión de la realidad y hacen fracasar la evidencia Si me sucede una circunstancia humillante, ofreciéndome un maravilloso secreto de iniciación, mi imaginación se apresura a conjurar lo que me parece un peligro; lucha contra el ilusorio desplazamiento hacia abajo; hace todo lo posible para restaurarme en ese estado habitual de arrogancia satisfecha donde encuentro una tregua transitoria, pero también la certeza de nuevas angustias. En resumen: me defiendo constantemente de aquello que se propone salvarme; lucho con tesón por defender la fuente misma de mi desgracia. Todos mis trabajos interiores tienden a impedir el satori, puesto que aspiran a lo alto mientras que el satori me espera abajo. También el Zen tiene razón al decir que el satori cae de improviso sobre nosotros cuando hemos agotado todos los recursos de nuestro ser.

Hubert Benoit: La doctrina suprema: el zen y la psicologia de la transformacion
Troquel – Argentina, 2001

Fuente:  alcione.cl

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