EL PARAÍSO DE LA INFANCIA por Chantal Maillard

A menudo ocurre que veamos la infancia como un paraíso perdido, nos volvemos hacia ella con nostalgia y regresamos a los lugares donde transcurrió en busca de no se sabe muy bien qué. Cuando entreví aquel charquito de agua, supe que aquella nostalgia no se refería a la infancia ni a ningún momento de ella en particular, sino que era la de un gozo profundo, tan amplio que no cabía en él ninguna conciencia propia que diese cuenta de él. No sabría, hasta mucho después, que aquel estado de gozo era el de la propia vida, que venía dado con ella, y que si lo perdemos –cosa que suele ocurrir con aquello que llamamos la “edad de razón”– es por el efecto de la reflexión, palabra ésta que ha de tomarse tanto en su sentido literal como en el más cotidiano. La re-flexión, en efecto, es un primer doblez. Es pensamiento que nos dice y, al hacerlo, nos flexiona, nos saca de nosotros, impidiéndonos estar en el trayecto –que es la manera en que nos vamos siendo–.

Cuando el niño empieza a hablar de sí, en tercera persona, es un primer reconocimiento, pero aún está a salvo; aquel personajillo del que habla le incumbe sólo relativamente. Pero, en cuanto dice yo, entonces, el pliegue se efectúa y, con ello, la separación. Decir yo es enajenarse. Lo ajeno es, evidentemente, nuestro personaje, aquel que nos re-presenta, pero el pronombre yo, apenas pronunciado, lo hace ya cargado del veneno por cuyo efecto dejamos de sernos y empezamos a sabernos; es lo que las mitologías atribuyen a la sierpe. Cuando el niño dice yo, se ha enajenado en su reflejo, en su doble, y aquel ser primero que no se sabía siendo ha quedado asombrado, reducido a una sombra. Y, ahí, también quedó el gozo, junto con todo lo que ocupaba esa plenitud, cosas que quedan relegadas al lugar del olvido o también del misterio, lo que ya no se sabe y no puede saberse porque ahí aún no había palabra. Y es lo que van a buscar los místicos y los poetas. Los primeros hablan de paraísos; los segundos, de la infancia; Homero le dio el nombre de Ítaca. Todos tratan de hallarlo, pero van en su busca con todo lo que son, con todos sus pliegues, van por el bosque con el saco de huesos a la espalda, entrechocándose todas las palabras que aprendieron a la largo de su vida. ¿Cómo entrar en el paraíso con una llave de palabras? Toda significación dará cuenta del abismo. Es preciso negarse a la conciencia para entrar. Aquél es el lugar de la inocencia. Para volver a ella, el lugar demanda un sacrificio. El sacrificio del , ese aluvión de repeticiones, el cúmulo de pliegues desde el que damos por conocido todo cuanto somos.

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Del libro “En un principio era el hambre” – Antología esencial, Chantal Maillard, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2015.

Este fragmento pertenece al libro “Bélgica, cuadernos de la memoria” (2011)

Fuente:  conestacasybramante.wordpress.com

Fotografía:  pixabay.com

 

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Publicado en Blog, Esencia

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