SEIS NOTAS DEL LADO DEL VIENTO, por Adonis

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Así sea la poesía un viaje a los confines del exterior o hasta lo más íntimo del interior, he vivido en ella, desde el principio de mi aventura, un interior que es en su conjunto un exterior, un exterior indisociable del interior. He sentido, sin embargo, que este acto de escritura me permitía expresar de mí mismo menos de lo que hubiese deseado, y este sentimiento no ha cambiado desde entonces. Para mí, la poesía completa al hombre, no es para nada su imagen. No me resultaba difícil crear una armonía entre el mundo y yo, pero tuve siempre la mirada fija en el abismo que se sitúa entre nosotros. Así, no he escrito poesía con la intención de llenar este abismo, sino para deambular dentro de él y explorarlo. Aunque mi objetivo sea la búsqueda del sentido, o de un sentido, adivino que mi identidad no se finca en lo estable, sino en lo variable. Siento que estoy del lado del viento y el oleaje.

2

El abismo me enseñó que sólo podemos entender un problema por medio de otro problema y a través de él, como si el hombre no avanzara yendo de la oscuridad a la luz, como lo pensamos, sino dirigiéndose hacia otro tipo de oscuridad, menos espesa. Esta diferencia entre dos oscuridades la llamamos luz. Felizmente para el hombre y para la poesía, no existe una claridad suficiente para borrar la oscuridad en el hombre y en las cosas. Si la claridad se volviera dueña del mundo, se alteraría la vida, y se desharía la poesía.

3

De la boca de la naturaleza salen las cosas; de la boca del hombre, las palabras. Entre palabras y cosas, ¿cómo es posible el encuentro? Algunos sueñan con eso, y escriben esta ilusión como si fuera una certidumbre. Otros olvidan la naturaleza para vivir sólo dentro del idioma, u olvidan el idioma para encerrarse en las cosas. Otros por fin viven, piensan y escriben dentro del espacio que separa siempre la palabra de la cosa. Estoy feliz, en la poesía, de formar parte de ellos. Con respecto a este tema, recuerdo una frase de Lichtenberg: “No llenarse la cabeza, sino fortalecerla”. Cada cosa se esfuerza en llenar la cabeza del mundo: las religiones, las ciencias, las ideologías, las técnicas. Escribir un poema es fortalecer la cabeza del mundo, fuera de esta plenitud.

4

Hoy en día, la poesía se expone a un peligro que no procede de ella, sino de la palabra que se refiere a ella. Esta palabra la ofende. El lector ya no lee el poema, lee al poeta, sus referencias, sus tendencias. Lee lo que se dice sobre el poeta y la poesía. El poeta se volvió, para el crítico, un modo para afirmar sus opciones, exponer sus teorías, y no para dar acceso al poema como tal. Se trata aquí de una crítica que descifra la poesía a través del mundo. La verdadera crítica es todo lo contrario: revela el mundo a través de la poesía. Accede a la energía del idioma mismo sin otra herramienta que la sola poesía.

5

Escribo en árabe. En este idioma, la presencia se identifica a lo invisible. El mundo está ausente, aunque visible. Según esta visión, el hombre es un estado continuo de ausencia. La verdad existe en el seno del idioma en calidad de revelación de la esencia del mundo a través de las palabras utilizadas por Dios. De esta manera, el ser mismo es un idioma. Los vivos están dormidos, despertarán después de la muerte. Escribir poesía en este idioma y según su genio es revelar lo invisible y el abismo de ausencia que nos separa. Escribir poesía es dedicarse a decir una “cosa”, y esta “cosa” en árabe es el abismo y lo invisible. Si la poesía tiene algún poder para fundar, funda aquí la presencia de lo invisible. La escritura, en árabe, sólo enseña que la patria no es un lugar, que no se sitúa en ninguna parte. Enseña que ella misma es la patria. A mí me enseñó cómo poder decir: mi cuerpo es mi país.

6

Geográficamente, pertenezco a un país situado en la mitad oriental del mundo. Pero si soy nativo de este Oriente, es en principio porque he creado mi propio Oriente. Le pertenezco sólo en la medida en que él me pertenece. Este Oriente es a la vez memoria y olvido, presencia y ausencia. Afirma el caos del que no se sabe si es la arcilla o la mano, la luz o la noche, la nada o el todo. El Oriente, para mí, es lo indefinible, la superficie vacante, el hombre en su errancia original. Cuando pienso en él, me pregunto: ¿en sus múltiples maneras, no puede la poesía significar este Oriente?

Versión de Jorge Esquinca y Bárbara Vial, a partir de la traducción francesa de Claude Esteban.

 

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Publicado en Blog, Poesía