NADIE ESCRIBE HAIKU, por Grego Dávila

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“Tú, recuérdalo bien, no eres el buscador, eres lo buscado.” Rafael Redondo

Cuando hablamos de lo sagrado en el haiku, o en cualquier camino espiritual serio, conviene destacar el protagonismo de la naturaleza en su manifestación de vida y silenciar a nuestro ego ansioso de reconocimiento, que puede buscar en ello un sucedáneo de las carencias emocionales no satisfechas.
Surge como un requisito de lo sagrado, primordial para escribir haiku, este quitarse de en medio, desaparecer como autor, “borrarse dócilmente” (Rafael Redondo).

Sobre este principio, voy a hilvanar algunas citas y haikus que, a modo de pinceladas, procuren dar cierto sentido a esta dimensión de lo sagrado.

Todo el día
sin decir una palabra
El sonido de las olas

Santoka

Hablar de lo sagrado es hablar de lo inefable, de la quietud, del silencio. La realidad siempre se manifiesta mejor que nuestras pobres palabras, torpes intentos de acercarnos al misterio de la vida. Lo sagrado se expresa en la esencia de las cosas tal como son. Nosotros sólo podemos balbucir el eco de la presencia directa de la realidad. Como dice el haiku de Santoka, callamos durante todo el día y sentimos el sonido de las olas. Nosotros callamos y la realidad habla. Después de un período de silencio, el sonido de las cosas se percibe con más nitidez, resuena en nuestro interior con más claridad, permitiéndonos escribir unas pocas palabras: un haiku.
Pero como bien declara José Manuel Martín Portales: “Nada puede decirse…, pero hay que decir la Nada.” Y Vicente Haya: “‘Decir la nada’, efectivamente, eso es el haiku. Esa es la excepción a nuestro habitual parloteo de palabras.”

Para “decir la nada” hay que volverse “nadie”. “Nadie es feliz, pero ¡qué difícil ser nadie!” (José Díez Faixat). Ser nadie es amigar el silencio, transparentar la quietud, acallar el ruido interior, dejarse permear por lo sagrado.

Para ir entrando en este camino conviene dejarse guiar por el timón de los sentidos y minimizar la intervención de la razón. Dejar que la realidad cante su pregón. “El firmamento pregona la obra de sus manos…a toda la tierra llega su sermón” (salmo 18).

El sol, como un símbolo de lo sagrado, ilumina el mundo y sus rayos se filtran en todas las cosas. Nuestros sentidos se encienden ante el milagro de la vida: el crepúsculo por el camino solitario, el brillo de la luna en el rocío, las flores del ciruelo en la cabaña. Cada ser expresa su esencia de forma natural, como dice este haiku de Santoka:

Así, tal cual,
como hierbas que son,
los brotes se abren.

Desde este sentido, el haiku se convierte en un canto de gratitud ante el regalo de la naturaleza que se desnuda para mostrarnos su esplendor. Como gesto de cortesía, nos corresponde desnudar nuestro ego, orear nuestra vanidad y despertar de nuestro sueño habitual.

La brisa del amanecer tiene cosas que contarte.
No te vuelvas a dormir.
Rumi

La palabra belleza es de origen sánscrito. Bet-El-Za quiere decir: “el lugar donde Dios brilla” (Leonardo Boff), o lo que es lo mismo, el espacio donde lo sagrado reluce. La realidad se manifiesta y se despliega en un abanico de matices, “todas las cosas nos hacen guiños para que las sintamos” (Rilke). Cuando decimos “todas las cosas” queremos ampliar el significado de la palabra belleza: tanto el ocaso, la luna o la nieve como el retrete, la alcantarilla o la verruga.

“En la Naturaleza hay algo que nos espera desde siempre. En el fondo de las cosas hay algo que busca nuestro encuentro. Y el haiku nos invita a ese encuentro.” Vicente Haya

La realidad nos abraza por todos lados, lo sagrado llama a nuestra puerta con los cabellos cubiertos de rocío. Sólo necesitamos aquietarnos y contemplar. “Eso nos da un momento de quietud de la mente, y es cuando nace un haiku.”(Teiko Inahata).
Si no lo hacemos, ya pueden saltar mil ranas chapoteando en los viejos estanques del mundo, que nos pasará desapercibido el juego de la vida. Si falta esa actitud de sosiego, las cosas suceden pero no hay resonancia, no hay “pellizco”, como se dice en el flamenco.
Estamos tan acostumbrados a ver las cosas que nuestra mirada está teñida de cataratas de rutina. Tenemos ojos pero no vemos. Como dice Fernando Rodríguez-Izquierdo: “las realidades cotidianas y -por suerte- normales, cobran realce para la sensibilidad del haijin, que se vale de lo ordinario para enaltecer lo extraordinario.”

Quiero terminar con un haiku reciente que me ha emocionado por su profundidad y nivel de sugerencia. Es del libro de Isabel Pose “En los bolsillos huesos de melocotón”:

Al final del camino
no hay nada.
La luna que alumbra.

Para la mayoría de nosotros, de forma consciente o no, la vida es un viaje de búsqueda de lo sagrado, a través de distintos caminos: el amor, el trabajo, la pasión, las aficiones o las adicciones. Pero siempre encontramos la huella de la insatisfacción y el vacío. “Al final del camino no hay nada”: no hay nada que buscar al final porque el camino es el tesoro que buscamos. El camino es la meta, dicen los sabios.
Al final descubrimos que la luna nos alumbra durante todo el trayecto. La luna, como símbolo de la Consciencia, siempre está disponible para acogernos en su seno de luz.

La traducción de los haikus de Santoka es de Vicente Haya.

Artículo publicado en la gaceta de haiku “Hojas en la Acera” num. 30, de junio de 2016.

web HELA 

 

 

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Comentarios

Publicado en Blog, Haiku
Un comentario en “NADIE ESCRIBE HAIKU, por Grego Dávila
  1. yori-valen2 dice:

    Estimado amigo, suscribo tus palabras. Me ha gustado tanto tu artículo que lo he incluido en mi web [http://minigrafias.blogspot.com.es/p/dos-haikuteca.html]. Salu2