DAR COMO DIOS DA, por Hugo Mujica

6767744275_3162ddf577

Evangelio según San Marcos (12, 38-44)
Jesús enseñaba a la multitud: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”. Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

Sin esa mirada de Jesús, la viuda de nuestro evangelio hubiese permanecido en el olvido,
estaría entre lo no tenido en cuenta,
estaría oculta en el silencioso misterio del bien,
en esa pudorosa y cotidiana bondad que los diarios ni la historia
suelen contar.

La mirada de Jesús nos revela que allí,
en lo que no solemos tener en cuenta,
acontece lo que en verdad cuenta para Dios.
Nos revela cuál es esa moneda con la que Dios se deja comprar.

Junto a Jesús había mucha gente, discípulos, amigos y enemigos,
mucha gente que podía notar quién daba mucho dinero,
muchos, como nosotros, para quienes cuenta la cantidad.

Solo Jesús ve lo poco,
lo poco en lo que vio todo lo que se nos pide:
vio la incondicionalidad, la entrega.

Jesús ve a la viuda, ve a quien dando lo mínimo da lo máximo:
da sin guardar, da sin medidas.
Da la única cantidad que es dar a Dios: todo.
Da a Dios como Dios se da a nosotros,
como nosotros estamos llamados a darnos a los demás.

La viudedad, como la orfandad,
es el símbolo bíblico de la pobreza, del desamparo.
Pobreza material y pobreza existencial:
símbolo de la dependencia que no queremos aceptar.

La viuda ya no tenía otra protección en este mundo que la protección de Dios.
Y por eso mismo, gracias a eso mismo,
porque experimentaba existencial, vitalmente,
que todo le venía de Dios, no temió devolverle todo a Dios,
contar solo con él.

La viuda, simplemente, en su gesto, en su salto,
se entregaba a Dios,
como lo hace la pobreza: sin saberlo, sin calcular.
Se entregaba con lo poco que tenía y con lo mucho que daba.

Como pobre, tenía derecho legal para abstenerse de ofrendar al templo,
pero ella no hacía una ofrenda al templo:
ella gestualizaba en esa dádiva su entrega, su darse.
Testimoniaba su dependencia, apostaba su confianza.

A su alrededor, los ricos de este mundo daban más,
pero daban del mundo, daban las sobras,
daban contando lo que daban,
daban guardando para poder guardarse ellos,
daban guardando su seguridad.

A través de su desamparo, la viuda experimentó hasta que punto Dios podía ser su único amparo,
a través de su pobreza hizo de Dios su único tesoro.

“Donde está tu tesoro estará tu corazón”,
y es cuando no se tiene ningún tesoro que se comienza a ser tenido por Dios.

Cuando tocamos fondo, cuando nos hemos vaciado,
comenzamos a valer para Dios,
ese Dios que se compra con lo que no vale en este mundo,
ese Dios que sólo se desnuda ante nuestra desnudez.

Esa es la fecundidad de no tener más lo propio,
esa la salvación de darse todo,
ese el tesoro de dar sin guardar,
de dar sin siquiera saber que está siendo mirado por Dios.

La viuda dio las dos monedas que tenía,
no fue previsora, no sacó cuentas,
no se guardó una moneda y dio la otra;

fue imprudente, imprudente como es el amor, cuando es amor.
En el fondo de lo que damos, cuando lo damos a fondo,
no queda un vacío, queda una apertura hacia Dios.

La mujer, la viuda, la desamparada que hoy nos hacer mirar Jesús,
dio hasta vaciarse las manos,
hasta abrir el vacío donde se recibe a Dios.

Fuente: Dar como Dios da – Vivir Agradecidos

Share

Comentarios

Publicado en Blog, Compromiso