LA LLAVE PERDIDA, por Alicia Martínez

“Toda noche se volverá claridad si retornas a tu corazón.” J.F. Moratiel

Una versión diferente de como Alicia entró en el País de las Maravillas, contada por ella misma, cuando era ya mayor.

Pista fundamental: “ Si una persona es capaz de sentir que de niño no fue nunca amado por lo que realmente era, sino por sus logros, sus éxitos y sus buenas cualidades, y sacrificó su infancia por ese “amor”, padecerá una profunda conmoción, pero algún día deseará poner fin a semejante amor. Descubrirá entonces, en sí mismo, la necesidad de vivir de acuerdo a su “verdadero yo” y ya no se sentirá forzado a conquistar un amor que en el fondo no puede satisfacerlo, puesto que está destinado a un “falso yo” al que ahora ha empezado a renunciar.” Alice Miller

Me recuerdo siempre buscando una verdad. Algo me impulsaba a salir de donde estaba y buscar. Un búsqueda entre la insatisfacción y la pasión, entre la angustia y el entusiasmo. Buscaba transparencia, coherencia, pureza, huyendo de hipocresías, fingimientos y máscaras. Podría decirse que hacía todo lo posible por seguir una voz escondida en mi interior.

En los lugares a los que me conducía esa búsqueda, empecé a vislumbrar huellas que terminaban en ellos. Entre todas observé unas que se repetían y que llamaron mi atención. Decidí seguirlas, buscar su origen, el lugar del que procedían. Recorrí muchos caminos. Algunos me hicieron sentirme extranjera, otros me llevaron a oscuras cuevas, a cárceles habitadas por el desánimo, pero también visité la cima de las montañas , praderas sembradas de luz y océanos de paz.

Siempre tras esas huellas, tras la verdad que esperaba encontrar, tras la paz que creía que encontraría al final de mi búsqueda. Sin embargo, últimamente, el camino cada vez con más frecuencia, terminaba en mi misma, me conducía al abismo que vislumbraba en mi interior. No podía entender a donde quería llevarme esa verdad. Si intentaba salir de la soledad, el camino me confrontaba una y otra vez con ella. Si intentaba salir de la dependencia, cada vez me hacía más consciente de que estaba en mi. Esto comenzó a irritarme, a hacerme dudar de mi camino, a perder la esperanza de que las huellas se dirigiesen a la cumbre a la que yo quería escalar, porque suponía que sería en ella, donde se escondería la verdad.

Siempre “yo” el final del camino ¿Estará la verdad dentro de mi? No lo creía posible. Era demasiado insignificante esta meta. Pero, si estaba dentro, ¿porque me costaba tanto encontrarla entonces?¿Como seguir las huellas en ese interior? ¿Que hay ahí, en ese vacío? Soledad, miedo, desánimo, eran seguros habitantes de los abismos, eso ya lo había experimentado. Ante la insistencia de la vida, permanecí dentro, abrí puertas, derramé lágrimas, intenté confiar en que este era el lugar en el debía buscar.

Tras una de aquellas puertas interiores, había una niñita de 5 ó 6 años. Me sonrió amable, pero tristemente. No había alegría en sus ojos, sólo inocencia. Le pregunté que hacía allí sola y como se encontraba. Ella me contó que estaba buscando algo que había encerrado bajo llave , algo muy importante para ella, pero no recordaba donde lo escondió, y que hacía tiempo que también había perdido la llave. Sabía que era algo suyo, que había escondido para que no pudieran verlo, porque a sus padres no les gustaba. Desde que lo escondió eran más amables con ella, creía que la querían más, pero cuando estaba sola se sentía mal y por eso buscaba y buscaba.

Su historia me conmovió, también su mirada triste y esa sonrisa que parecía querer iluminar la sala, sin conseguirlo. Intuí que ese tesoro perdido era lo que no le permitía ser feliz y me propuse ayudarla a encontrarlo.

-¿Donde puede estar esa llave y que crees que puede abrir?-, le dije.
– No sé-, me dijo la pequeña, -Pero hace tiempo que me fijé en esa puertecita. He mirado a veces por la rendija y quizás escondí allí lo que estoy buscando. La puerta es tan pequeña, que sólo yo podría atravesarla, y a lo mejor por eso lo escondí allí, al otro lado.-
– Me parece muy buena idea-, le dije. -Vamos a pensar ahora donde puede estar la llave. A ver, ¿recuerdas cuando escondiste eso tan importante para ti?-

Ella se puso muy inquieta, no quería recordar, el dolor le impedía hacerlo. La tomé de las manos y la abracé fuerte contra mi pecho. Comenzó a llorar y pude sentir en mi su sentimiento de abandono, su dolor por no ser reconocida ni querida, tal como era. Ella siguió llorando y cuando se calmó, me dijo contenta -¡Ya recuerdo! Un día en que me riñeron mucho por haberme enfadado, decidí esconder la rabia que sentía.- Estaba muy nerviosa y me dijo a continuación -Y tú, ¿quien eres?¿por qué me haces tantas preguntas?¿qué quieres de mi?¿por qué no me dejas tranquila?-
-Quiero que seas feliz-, le contesté.
-¡Pero si desde que has llegado me siento mucho peor! ¡Vete, márchate!-, me dijo enfadada. Sus ojos, llenos de lágrimas, me hicieron amarla más aún. La abracé fuerte y le dije, -permítete experimentar lo que sientes, pequeña. No es bueno, ni malo, es lo que sientes ahora y no va a destruirte. Yo puedo quererte igual cuando te enfadas, o más aún.-

La niña se fue llorando a un rincón de la sala. Parecía saber muy bien a donde iba. Al cabo de un rato volvió. Sus ojos brillaban con una luz nueva y su sonrisa era diferente, más llena de vida. Traía en sus pequeñas manos, una llavecita dorada. -¡Estaba ahí!-, me dijo muy excitada.-Ese rincón es al que voy cuando me siento mal, y la escondí allí, en una arruga de la alfombra. ¡Lo recordé!-
– Entonces, ¡Vamos, a que esperas!-, le dije, – ¡Abre esa puerta!-

Ella corrió hasta el lugar en que estaba la puerta secreta, no sin antes volverse para mirar y agradecerme, con su mejor sonrisa , lo que ella creía que era la ayuda que le había hecho encontrar lo que tanto buscaba.

Abrió la puerta, y desapareció tras ella. Entonces, sucedió algo extraordinario. Los muros de aquella sala comenzaron a desaparecer, a disolverse, como si nunca hubieran sido reales. A mi alrededor había ahora un hermoso jardín, con árboles enormes que daban una acogedora sombra, bancos de piedra, un manantial que brotaba de una gruta cubierta por el musgo y la vegetación, el brillo del agua sobre las piedras…No había estado nunca allí, pero ¡Me era todo tan familiar! Aquel lugar era reconocido por una parte de mi que desconocía. Sentí un profundo agradecimiento, una emoción que no sabía de donde procedía, y las lágrimas brotaban por si mismas. Sobrecogida, los velos de mi mente comenzaron a caer. Comprendí quien era aquella niña, y cómo, a través de su búsqueda, que era también la mía, había podido llegar hasta allí. Esa llave era la verdad que yo también buscaba y que no estaba en ninguna cumbre, sino en un lugar, humilde y escondido del corazón. Entendí, que las huellas que había seguido, era mis propias huellas, que yo misma era el destino que anhelaba encontrar. Ese Jardín en el que me encontraba era el lugar espacioso de mi propio corazón, y esa intensa emoción que me hizo derramar lágrimas, era el reconocimiento de estar en mi verdadero Hogar.

Escuché una risa a mi lado. Sentado en el banco, junto a mi, estaba mi maestro riéndose a carcajadas.
-¿De que se ríe?-, le pregunté.
–Me río de tu asombro por lo que acabas de entender. Era evidente que si seguías tus propias huellas, inevitablemente, te conducirían al lugar del que procedes.-
-Pero, ¿qué hace usted aquí?-, le dije.
– ¿No te dije que si me buscabas, lo hicieras en tu corazón? Pues ya ves que era cierto, aquí estoy.

Me reí entonces con él, y esa risa, ese espacio en el que me encontraba, estaba curando una herida muy profunda. Supe que era lo que la pequeña Alicia había escondido: su propia esencia. Supe que su sentimiento de soledad y abandono, lo que sentía en esa oscura sala en la que la encontré, era la pérdida de lo que realmente era. Todo era tan sencillo, tan simple …siempre tuvo el derecho, el privilegio de ser y sentir lo que era, pero había renunciado a él a cambio de lo que creía que era amor, pero el acceso al Amor sólo estaba tras esa puerta cerrada, tras ese encuentro íntimo que la condujo hasta la llave.

Me levanté y me despedí de mi maestro, con una sonrisa de agradecimiento. Quería compartir lo que había comprendido, que nunca debía dudar de que si seguía a mi corazón, este me conduciría, inevitablemente, a la verdad de lo que era, aunque el camino fuera incierto, oscuro, aunque incluso en algunos momentos no distinguiera ni el camino, ni siquiera alguien que lo recorriese, pero debía recordar que siempre había un Hogar que me esperaba, con el fuego del amor encendido para mi, para cada uno de nosotros.

Ese Hogar era la verdad que había buscado, la verdad de mi corazón. En él cabía todo, porque era espacio. Encontré allí a todos los amigos de los que me despedí a lo largo del camino. Ese espacio contenía el principio y el final. Reconocí mi búsqueda, el origen y el destino de esta parte de mi viaje, y supe que este no había hecho más que empezar. Esto no me desanimó, como otras veces, sino que me hizo reir.
Reí al saber porqué me resultaba familiar ese Jardín.
Reí porqué supe que nunca me había marchado de Él.
Reí por el largo viaje de mi vida, para llegar…tan cerca.
Reí al ver por allí a la pequeña Alicia corriendo apresurada tras su corazón (que en esta ocasión había utilizado un ingenioso disfraz para llamar su atención).
Reí simplemente por que me sentí aligerada del peso de una carga que había transportado y que ya podía soltar.

Todo era gratitud en el atardecer de aquel Jardín y escuché unas palabras a lo lejos:
“Ya mi corazón acoge toda forma: prado para gacelas, claustro para monjes, templo para los ídolos, Ka’aba para el peregrino, tablas de la ley, volumen de Alcorán. Amor es mi religión, a cualquier parte que se oriente*.” y supe a que se referían.

Alicia Martínez

* Ibn’Arabi

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